Cuando la marea se mueve por conveniencia: medios, poder y el blanco llamado Ana Lilia Rivera
- 26 enero, 2026
- 0
Hay momentos en los que el periodismo deja de ser incómodo para el poder y comienza a serle funcional. En Tlaxcala, ese punto se cruzó hace tiempo, pero hoy resulta imposible ignorarlo. El tratamiento mediático que se ha hecho del caso de la senadora Ana Lilia Rivera Rivera exhibe con crudeza cómo ciertos medios se mueven como la marea: no por principios, sino por conveniencia.
El hecho noticioso era claro y socialmente relevante: la entrega de computadoras a jóvenes estudiantes de nivel medio superior, un apoyo directo a la educación en un estado históricamente relegado en materia de oportunidades. Sin embargo, para buena parte de la prensa local eso era lo menos importante. La nota fue secuestrada, editada y deformada hasta convertirla en una polémica artificial sobre el reconocimiento de China a Taiwán, un tema que no formaba parte del acto, ni del mensaje central, ni de las atribuciones de la senadora.
Esta no es una omisión inocente. Es una decisión editorial. Y como toda decisión editorial, responde a intereses.
En nombre de una supuesta “libertad de prensa”, algunos periodistas han construido un discurso victimista que ya no resiste análisis. Se asumen como el “cuarto poder” cuando conviene, pero olvidan deliberadamente que ese poder implica responsabilidad, ética y rigor. Hoy, lejos de fiscalizar al poder real, muchos medios locales se han convertido en voceros oficiosos, protegidos por convenios de colaboración y recursos públicos que condicionan su línea informativa.
La descontextualización sistemática de las declaraciones de Ana Lilia Rivera no es un error; es una estrategia. Se edita lo que dijo, se omite para qué lo dijo y se amplifica lo que conviene a una narrativa de desgaste. El periodismo deja de informar y pasa a operar como maniquí de golpeteo, listo para exhibir al personaje que toca atacar en la coyuntura.
Paradójicamente, este intento de linchamiento ha producido el efecto contrario. Al colocar a Ana Lilia Rivera en el centro del debate nacional y local, los propios medios han terminado por subrayar su peso político real. Hoy, guste o no, es la figura más visible, más discutida y más relevante del escenario tlaxcalteca. Y no por escándalos fabricados, sino porque representa —en los hechos— la única opción seria de relevo político frente a una administración estatal que se dice morenista, pero que gobierna al margen de la Cuarta Transformación.
La actual gobernadora no es aliada del movimiento social que dio origen a Morena; es aliada de su propio grupo, de su propia transformación económica y de una red de intereses que poco tiene que ver con los principios fundacionales del partido. En ese contexto, resulta cada vez más claro que la verdadera oposición de Ana Lilia Rivera no está en el PAN, ni en el PRI, ni en el PRD, ni en Movimiento Ciudadano, ni en Nueva Alianza, ni en la llamada chiquillada. Su oposición está dentro de Morena.
Está en quienes se apropiaron del movimiento a la mala, en quienes usan las siglas como franquicia de poder, comenzando por una dirigencia estatal mezquina y funcional al statu quo, encabezada por Marcela González. Está en una estructura que prefiere operar desde la intriga, el desgaste y el uso faccioso de medios, antes que desde el debate político abierto y honesto.
Por eso el ataque no cesa. Porque Ana Lilia Rivera está, hoy, más allá del bien y del mal de esta porquería política. Porque no se alinea a la mezquindad, no se presta al silencio cómplice y no depende del aplauso comprado. Y porque, en medio de esta disputa, varios medios de comunicación han decidido dejar de ser observadores para convertirse en actores y cómplices, renunciando a la ética a cambio de convenios y protección.
Al final, la pregunta no es si la senadora cometió una falta —no la hay—, sino qué tipo de periodismo queremos en Tlaxcala: uno que se mueva con la marea del poder o uno que tenga el valor de sostenerse aún cuando el viento sopla en contra. Porque cuando los medios abandonan la objetividad, no sólo dañan a una persona; dañan el derecho de la sociedad a estar informada.
Y eso, aunque intenten maquillarlo de libertad de prensa, tiene nombre: simulación.

Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Altiplano.
Fue directora de Comunicación Social en el Ayuntamiento de Chiautempan, se desempeñó como Corresponsal del Diario de México en diversos Estados de la República Mexicana; Reportera de la Coordinación General de Información y Relaciones Publicas del Gobierno del Estado. Fungió como jefa de Información en el Ayuntamiento de Tlaxcala, Vocera de la Dirección de Atención de Migrantes (DAM) e Instituto Estatal de la Mujer (IEM); además fue coordinadora de comunicación social en el ayuntamiento de Yauhquemehcan, y jefa de Información del Grupo Monitor Nacional; Actualmente es la Directora General de Tlaxcala Digital.









