Cuando un gobierno entra en pánico, se nota. No por lo que dice, sino por lo que hace mal y a destiempo.
Y hoy, en Tlaxcala, la desesperación del poder es inocultable.

La obsesión del gobierno en turno por forzar una sucesión a modo ha dejado de ser rumor para convertirse en espectáculo. El nombre que intentan imponer —Alfonso Sánchez García— no despierta esperanza, ni emoción, ni confianza. No porque la ciudadanía sea ingrata, sino porque no hay obra política que respalde la ambición. Su principal mérito público ha sido portar un apellido conocido y ser hijo de un exgobernador cuyo legado fue, por decir lo menos, mediocre y errático, marcado por el chapulineo político: del PRI al PRD y hoy, curiosamente, arropado por Morena.

¿Ese es el “proyecto” que quieren venderle a Tlaxcala?
La gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, en su afán casi obsesivo por dejar a alguien sumiso, manipulable y dócil, parece haber olvidado que el poder no se hereda como si fuera una vajilla familiar. El plan es evidente: colocar a un hombre gris que responda no solo a ella, sino también a su círculo más cercano —esposa, padre, madre— para blindar decisiones, silencios y presuntas irregularidades que ya generan ruido más allá de las fronteras del estado.

Y cuando el río suena…
No pasa desapercibido que la titular del Ejecutivo haya recibido en más de dos ocasiones la visita del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch. ¿Visitas de cortesía? ¿De verdad creen que una narrativa edulcorada y fotografías sonrientes engañan a una ciudadanía que vive una escalada brutal de inseguridad? Los índices no mienten, las calles tampoco.

En Tlaxcala se vive con miedo, y cuando la Federación toca la puerta, no es para tomarse el café: es para poner orden y, sí, para dar jalones de orejas ante un gabinete de seguridad que claramente no ha dado resultados.

Mientras tanto, el desorden se traslada a las calles en forma de basura propagandística. Lonas, espectaculares y mensajes reciclados que formaban parte de un supuesto “plan B” para una campaña que nunca prendió. Hoy ese plan ya es historia… y polvo. La realidad política los rebasó.

La reciente alianza nacional entre Morena, Partido Verde y PT, anunciada con toda claridad por sus dirigencias nacionales, dinamitó cualquier intento local de simulación. No hay plan B, ni C. Solo queda la ansiedad del poder que se sabe en retirada y un candidato que no levanta en encuestas ni en la calle, porque la gente no conecta con imposiciones.

Y aquí está el punto central que en Palacio no quieren aceptar:
El pueblo de Tlaxcala ya eligió con quién se identifica.

La única figura que genera identidad real, congruencia histórica y legitimidad dentro del movimiento es la senadora Ana Lilia Rivera Rivera. Fundadora de Morena en Tlaxcala y a nivel nacional. Una mujer que sí caminó el territorio, que sí resistió cuando no había reflectores, que sí representa los valores originales del movimiento y que tiene la estatura política para caminar de la mano con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en un proyecto de transformación auténtica.

Porque seamos claros:
la llamada “transformación” en Tlaxcala, con Lorena Cuéllar Cisneros, fue todo menos eso. No transformó la seguridad, no transformó la vida de las mujeres, no transformó la economía familiar ni la confianza ciudadana. Transformó, eso sí, la narrativa, el maquillaje institucional y el discurso vacío.

Hoy la ciudadanía no quiere juniores, ni herencias, ni títeres del poder. Quiere liderazgo con raíces, con carácter y con memoria histórica.

Y por más propaganda que tiren a la basura —literal y políticamente—, la imposición no sustituye al arraigo.
La sucesión no se decreta.
Se gana.
Y en Tlaxcala, aunque les incomode, la gente ya decidió a quién escuchar y en quién confiar.