Por: Sandra Marbán. Coach familiar

Honestamente, hace algún tiempo no estaba familiarizada y, aunque me apene reconocerlo, tampoco interesada en el origen del día de Acción de Gracias o como se escribe en su lengua de origen Thanksgiving, lo más que sabía era que se trataba de un festejo entre peregrinos y nativos, por acontecimientos pacíficos ocurridos durante la colonización de lo que hoy conocemos como Estados Unidos de Norteamérica y al final, mi única fuente eran las series que veía, la verdad siempre pensé que era como una Navidad adelantada y nada más.

Pasó el tiempo y supe que dicha celebración partía del agradecimiento de los peregrinos colonizadores por obtener su primera cosecha, después de un año verdaderamente difícil.

Éste año, al pensar en esos acontecimientos, no pude dejar de equiparar con nuestra vida actual, lo que se vive durante un año y las “cosechas” que recibimos; y por supuesto en la maravillosa oportunidad de dar GRACIAS; y entonces, algo más llamó mi atención, el nombre de la celebración en español es “Acción de gracias”, por lo tanto no solo se trata de un dar sino de un actuar.

¿Pero qué significa eso?

La gratitud es aquella virtud que nos permite acoger y reconocer los dones recibidos por los demás, incluyendo Dios, la vida, el destino o lo que sea en que tú creas.

La gratitud se desarrolla, literal y emocionalmente, en el seno materno, la lactancia es el primer don que recibimos (después de la vida) por parte de nuestra madre y es en ese momento de conexión en que se genera el agradecimiento, a partir de reconocer que sin nuestra madre, simplemente no viviríamos; y cuando vamos tomando conciencia, no nos queremos separar de ella, ni que alguien más se le acerque, mucho menos que le haga daño… sin pensarlo tanto, sabemos que sin ella, no somos y por lo tanto la cuidamos.

Así pues, ese es el sentido de la gratitud; no implica, únicamente, verbalizar un “gracias”, sino concientizar que el otro se está dando con nosotros y en retribución corresponde una actitud de agradecimiento, de esta manera “gracias” no solo es un vocablo sino que recobra vida a través de nuestra conducta.

Hoy día cada vez se escuchan menos “gracias”, en esa búsqueda de mejora de autoconcepto o incremento de autoestima, nos estamos sobreestimando y con nuestra conducta pareciera que nos sabemos merecedores de todo. Desafortunadamente es un comportamiento desplegado desde los más pequeños hasta los más adultos, aunque a nosotros prácticamente nos obligaban a decirlo pero en el camino parece que se nos ha olvidado.

Voy a ejemplificar este comportamiento: cuando un portero te abre la puerta (valga la redundancia), cuando el vigilante te entrega el ticket de estacionamiento, cuando un profesor entrega el examen a un estudiante o le explica algún tema, cuando mamá sirve la comida, papá compra los insumos para el hogar, cuando los hijos colaboran en las tareas domésticas, cuando tu familia te apoya en un momento difícil o bello, cuando tu pareja tiene un gesto de amor… en todas esas ocasiones, el “gracias” es poco escuchado y ya no decir, de nuestra actitud de agradecimiento; la justificación se enuncia de la siguiente manera “es su obligación”; probablemente en estricto sentido sea así, pero es importante reconocer que al final, el otro nos está dando algo de sí; y con eso es con lo que debemos estar agradecidos, con recibir parte de los dones de los demás.

Otros casos comunes son, el reconocimiento escolar, el ascenso en un empleo, el aumento de salario, la asignación de alguna comisión, el nombramiento de un cargo público o privado, en dichas ocasiones, aún menos se escucha y se vive el “gracias”, en estas situaciones la justificación es “me lo merezco, no me han dado nada que no me haya ganado”, y nuevamente vuelvo a afirmar, probablemente sí, pero algo vieron los otros en mí que me están reconociendo, es decir, no solo me conocen… su conocimiento sobre mí va más allá y sin duda, es algo que debo agradecer.

¿Cómo se demuestra que vivimos agradecidos?, en primer lugar se nos ve felices y satisfechos (no conformes, no confundir), pero sabemos que lo que tenemos y recibimos cada día es un regalo que Dios, la vida, el universo, las otras personas… nos dan, entonces de nuestra parte debe emanar lealtad, cariño, cuidado, atención, a veces únicamente una sonrisa; como cuando alguien te cede el paso durante el tráfico y ni volteas a verlo porque… “ya me tocaba”, la sonrisa es el mejor gesto para decir GRACIAS.

Cuando te das cuenta que todo lo que vives día a día, desde el despertar, son dones recibidos, te sientes en deuda y entonces desarrollas humildad, empatía, solidaridad, generosidad y vives agradecido pero sobretodo más feliz.

Con lo mencionado no quiero decir que se trate de un simple cambaceo, del “ te doy, porque me diste”, es algo que va mucho más allá, es saber que todo lo que hacemos constituye un darnos, ¿qué es lo que doy cuando miro a otras personas?, ¿enojo?, ¿fastidio? o peor aún… ¡indiferencia!, y si observo lo que recibo me daré cuenta que en mí queda el retribuir, si el otro se está dando conmigo, justo es que yo haga lo mismo y si se replicara esta conducta cada día, notarías que poco a poco empiezas a dejar de sentirte vacío, se llenarían los huecos sociales, nuestra sociedad se vería más satisfecha y menos enojada, los individuos no tendrían que trabajar tanto en mejorar su autoestima o su autoconcepto porque al saberse reconocidos por los demás, al conocerse dignos de recibir dones por parte de otro, también empezarían a llenar sus huecos emocionales.

Así que, el Día de Acción de Gracias es una buena oportunidad para celebrar todo lo recibido durante el año y si esa fecha no te acomoda, ¡busca otra!, genera una nueva tradición, en donde no pierdas el privilegio de hacer  gracias, por lo vivido, por lo encontrado y lo perdido, por lo que llegó y lo que se fue, por lo que se dio y por lo que no se dio, por los momentos de felicidad y los de tristeza, porque…  si podemos contabilizar todo ello, quiere decir que ¡estamos vivos! Así que agradezcamos dicha oportunidad.

¡Gracias por leerme!

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